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sábado, mayo 16

La soledad del deseo

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Era un atardecer de esos en lo que la calidez del sol se hace la remolona para abandonar las caricias sobre la piel. La brisa .... se embriagaba de la calidez y la extendía por el rostro, ella insistía una y otra vez en acariciar con sus parpados aquellos ojos marrones tan inmensos. Sus manos jugueteaban con la arena mientras el ruido de unas risas ajenas se ahogaban con el ronroneo del mar. Su cuerpo por fin pudo erguirse y despertar al día que fugazmente tocaba sus últimos acordes.
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El sonido de un saxofon en el paseo que la circundaba llegaba a sus oídos como parte de la embriagadora brisa. Sus labios enmudecidos por la tristeza de aquel recuerdo que horadaba su corazón sin pausa y que la había acompañado durante toda la tarde. Su cabello apenas visible por aquel trozo de tela pirata que la sumergía en una extraña belleza.
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Él, ajeno al mundo que la rodeaba .... comenzó a acariciar la piel de su espalda. Sus manos pequeñas y frías lograron adentrarse en el minúsculo pudor que cubría el deseo, mientras las manos de ella rebuscaban en la arena torpemente en busca del recuerdo de alguna sensación ya vivida. Unos labios sin apenas grietas de amor, comenzaron a humedecer los pliegues de su piel.
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De repente ella abrió sus ojos al día que se iba y comprendió que el recuerdo que buscaba no estaba en aquella arena, que aquel saxofonista era como el tica tac del reloj atrasado de su pequeño apartamento, que aquel no era su atardecer. Su vida ya no estaba allí, una vida que se estaba escribiendo en un libro distinto al que ella manoseaba con inquietud, sensaciones robadas al tiempo, caricias ajenas y anónimas.
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Desde aquella tarde decidió que solo la soledad podía dar cabida a sus recuerdos.
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1 comentario:

Margot dijo...

Jugar con los recuerdos, trasladarlos a otro tiempo, a otro atardecer que no les corresponde... Tal vez, mejor iniciar nuevos caminos, consecuentes de que la vida sigue ahí... como siguen la soledad y el deseo... pero también, en cualquier meandro, las manos que acaricien nuestra voluntad, los dedos que con ardor escriban un nuevo atardecer sobre la humedad de la piel.

Un beso.